Ojos de atardecer
Tú me miraste y dejé de ser invisible.
Hasta entonces mis días eran habitaciones cerradas, ventanas que nunca se abrían, relojes detenidos en una hora que nadie recordaba.
Parecía que el mundo había olvidado mi nombre.
Entonces sonreíste.
Y el corazón regresó a mí como un viajero cansado que, después de años perdido, encuentra por fin una luz encendida.
Tu sonrisa llenó los espacios donde antes no había nada.
Tu voz atravesó el silencio que llevaba tanto tiempo habitándome que llegué a confundirlo con mi hogar.
No me prometiste el cielo ni la eternidad.
Sólo me miraste.
Y, de pronto, aquello que era ausencia se convirtió en presencia.
Aquello que era sombra encontró una forma de brillar.
Y yo, que creía estar desapareciendo poco a poco, descubrí que seguía viva.
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